La Inútil Discusión Woke
En los últimos años, las redes sociales se han convertido en un campo de batalla donde se discuten temas que, en la vida real, afectan a una fracción mínima de la población. Cada semana aparece un nuevo escándalo sobre una persona transexual entrando al baño de mujeres, un atleta transexual ganando una competencia femenina, un personaje de una serie que ahora es negro, una película con inclusión gay forzada y así interminablemente.
Son discusiones que generan millones de comentarios, insultos, videos, debates y “análisis” que duran días enteros. Parecería que el destino de Occidente depende de quién entra a qué baño o de qué color es la piel de un personaje ficticio. Hace unas pocas semanas, las redes explotaron en odio y fastidio contra los “therians”, personas que, por alguna razón, se identifican como animales.
Pero si uno se detiene a ver los números, la realidad es otra. Menos del 1% de la población es transexual. No me gusta que hombres entren al baño de mujeres… pero tampoco me parece un tema tan importante. No hay hordas de hombres vestidos de mujer invadiendo baños femeninos. No me gusta que hombres biológicos arrasen en competencias femeninas solo porque se identifican como mujeres, pero tampoco son muchos los casos para dedicarle tantas horas al tema. En lo personal, estoy harto de lo que percibo como inclusión forzada en series y películas, pero siempre existe la opción más simple del mundo: apagar la televisión.
Lo que trato de decir es que estos temas son poco trascendentes. Nunca me ha pasado que una persona transexual me arruine el día. Nunca me he sentido obligado a ver una serie con inclusión forzada. Jamás en mi vida he visto un therian en vivo, tanto así, que creo que solo existen en internet. Lo raro es que, estos temas tan irrelevantes, se han convertido en el combustible emocional de millones de personas. Y ahí es donde entra la política.
Muchos votantes, hartos de estas discusiones, vieron en Donald Trump un antídoto contra lo que llaman “ideología woke”. Lo vieron como alguien que iba a poner orden en un mundo que, según ellos, se había vuelto absurdo. Los políticos más duros del Partido Republicano entendieron rápidamente que basta oponerse a la ideología de género para ganar muchos votos.
El problema es que, mientras más se enfocan en esta guerra cultural, menos hablan de lo que realmente importa. Porque la lucha contra la ideología woke tiene un detalle incómodo: no resuelve nada.
Los políticos que hablan de la ideología woke no saben cómo bajar la inflación, mejorar los salarios, estabilizar la política exterior y o detener el tráfico de drogas. No importa si están a favor o en contra de la ideología de género, porque al basar su discurso en un tema tan marginal, terminan quedándose sin soluciones reales para los problemas importantes.
La lucha contra la ideología woke se convirtió en un tema pequeño y absurdo que terminó devorando temas enormes. Mientras millones discuten sobre baños, deportes y personajes de ficción, quedan relegados los debates sobre crecimiento económico, seguridad, migración y diplomacia. Lo importante queda relegado por lo escandaloso. La agenda pública termina dominada por discusiones que no cambian nada, mientras los problemas reales siguen sin resolverse.
Muchas personas votan por candidatos que no tienen un proyecto económico o social sólido, simplemente porque se oponen o apoyan a la ideología woke. Y así, la política se convierte en un espectáculo donde se discuten temas marginales. La llamada “guerra cultural” puede dar likes y votos, pero es un gran distractor que no resuelve los problemas reales de la gente.


Los conservadores usan el fantasma woke para nombrar fenómenos que no entienden y les espantan.
No se les ocurre advertir que sus creencias inadecuadas son la que les provocan tantos miedos y odios.